junio 22, 2024

La mujer expulsada por dos países

Ciudad Juárez, Chihuahua.— Lejos estaba de salir el Sol cuando tropezó por primera vez en el camino que debía seguir para internarse en Estados Unidos. Fue la oscuridad total con que se cubren los espacios alejados de las ciudades y los poblados que están ahí, trabados como dos peones de frente, a lo largo de la frontera que divide a México del “sueño americano”. Fue la oscuridad, decía, en la que se entra cuando pasas la línea divisoria por Puerto Palomas. Eso y el aullido de los coyotes y las serpientes arrastrándose, lo que obliga a mantener la vista atenta en la nada y no en el pie que tropieza, una y otra vez con los surcos de la tierra que rodea el monte que crece bajo miles de estrellas de un cielo que se mueve más rápido que ellos. Ella le tiene miedo a los coyotes, a las serpientes y a los ruidos ajenos a sus pies pisando el suelo. Sin embargo, debe soportar y estar atenta al crujir de las suelas de las otras cuatro personas que caminan a su lado. Le teme a los coyotes sí, pero debió confiar en uno, o en lo que le dijeron que era uno. Porque en estos espacios y en estos ejercicios de atravesar fronteras las palabras pueden tomar distintos significados. El coyote en el que dijeron que debía confiar es en realidad un hombre cuyo trabajo es guiar migrantes hacia “El Otro Lado” que es en realidad Estados Unidos. Pero el hombre que no es coyote sino hombre se quedó atrás, justo en la línea que divide los dos países. Les dijo que debían caminar dos horas todo derecho, que encontrarían un arbusto muy grande a unos metros de la milla 106 de la carretera 9, paralela a la Interestatal 10, que pasa por Columbus, un pueblo del condado de Luna. Mismo pueblo al que, ella no lo sabe pero, se internó el Centauro del Norte, Pancho Villa, 102 años, 11 meses y una semana antes, junto con 589 hombres para enfrentar al Ejército estadounidense en su territorio e incendiar el centro de Columbus. Los pasos de ella fueron antes pisados, igual, por la madrugada, cuando todavía estaba lejos de salir el sol, por un ejército revolucionario enojado con el apoyo norteamericano a Venustiano Carranza. Llegaron al matorral que está junto a la carretera todavía con tiempo. Una camioneta negra debía pasar, bajaría la velocidad, apagaría y encendería las luces… ía, ía, ía. Eso les dijo el hombre en el que después ella, ya sentada frente a mí, con el cuerpo cansado, la mente caótica y las emociones rotas, todas, supo que no debía confiar, que 500 dólares no garantizan nada en este negocio. Que los 2 mil 500 dólares que se llevó el hombre que los iba a llevar a Estados Unidos, no lo comprometían a cumplirlo. Se quedaron ahí, tras el arbusto, mientras crecía el hambre, el calor, el miedo, la sed y la esperanza se iba abajo como la arena de un reloj que no se volverá a invertir en mucho tiempo. La intensidad con que se deja caer el sol atraído por el desierto puede resultar perturbadora. Lo vieron salir anunciándose con los tonos rojos detrás de las montañas y lo vieron avanzar hacia el centro del cielo. Lo sintieron cada vez más abrasador. Pensaron, apenas un momento, volver caminando hacia México, pero el razonamiento les indicó que andar horas de vuelta por un camino que no recordaban porque no vieron, sin agua, y con una bola de fuego ardiéndoles encima, podía resultar una mala idea. Se quedaron junto a la carretera esperando a que una de las tantas camionetas de la Patrulla Fronteriza que vieron detrás del matorral, se detuviera, que los llevaran detenidos, sí, pero vivos. Cerca del pavimento caliente cinco personas, tres hombres y dos mujeres, serios como sombras, sabían que era momento de despertar del sueño americano. Las camionetas pasaron varias veces, indiferentes a las señales, como castigando la afrenta de cruzar por el desierto sin invitación ni permiso. Una disminuyó su velocidad, cerca de las dos de la tarde. Son cerca de las dos de la tarde, ella ve los uniformes verdes de los agentes y sus padres, sus hermanos y su casa están a su espalda, alrededor de mil 200 kilómetros hacia atrás. ¿Qué hace ella aquí, a medio desierto? Hace nueve días salió de Ojo Caliente, Zacatecas, de la casa en la que vivía con sus padres. Es hija de un hombre campesino de 61 años que a diario sale de casa junto con el sol para trabajar tierras ajenas. Con el dinero que generaron las manos del hombre en contacto con la tierra y sus siembras y sus cosechas, ella pudo estudiar una ingeniería, es ingeniera minera, decisión de la que se siente arrepentida. Cuando salió de la carrera buscó trabajo casi en cada mina de Zacatecas. Con el tiempo se acostumbró a las mismas respuestas. Alrededor de su título creció un enorme silencio, de esos que se vuelven agresiones. Ella siente que hay una cuestión clave para que no la emplearan: “Yo creo que es porque soy mujer”, dice. Y sucede que eso le dijeron en cada mina a la que fue a pedir trabajo: “es que eres mujer”, “no vas a aguantar”, “somos puros hombres”. Hasta que una puerta se abrió, un poco. Un hombre la entrevistó, fue a su casa para un estudio socioeconómico, la contrató y después, cada día durante toda la jornada laboral se dedicó a acosarla. “Yo sé que necesitas, si estás conmigo puedes subir de puesto, podrías ayudar a tus papás”, le decía cerca del oído acercando su cuerpo de hombre de 60 años, sus manos a las piernas con cualquier pretexto, “yo sé que necesitas” con el olor del tabaco que tanto le molestaba. “Yo lo admiraba y respetaba. Después sentía mucho asco. Me dolía la cabeza todo el día hasta que era hora de salir. Me subía al camión de regreso a casa y me sentía muy triste, todos los días”, dice la mujer. Así que un día decidió hablar con la encargada de Recursos Humanos. Le dijo todo y como respuesta, la otra mujer le dijo que no se podía hacer nada, que era el mejor ingeniero que tenían, el más experimentado. Entonces renunció. La otra mujer le dijo “lo siento, ya eres como la quinta que se va por lo mismo”. Y se fue. Entonces vinieron la acumulación de días de buscar otro trabajo, el que fuera, y con ellos la angustia, la desesperación y la impotencia. Una especie de depresión interrumpida sólo por una esperanza repentina. Le llamó una prima de Houston para decirle que la apoyaba para que fuera a Estados Unidos a trabajar. La propuesta apareció en el mismo momento en el que México de alguna manera la estaba expulsando. Son las dos de la tarde, sube a la camioneta de la Patrulla Fronteriza, va a una oficina de Migración en la que determinan enviarla a una cárcel. La cárcel se llama Luna y ahí encuentra una celda con 18 mujeres más, no todas son migrantes, hay por delitos relacionados con drogas, con violencia, con armas. Encuentra un uniforme color naranja para vestir y un trato de indolencia, de delincuente. También encontró sus pies encadenados, su cadera y sus manos. Sus pasos lentos y tristes hacia una corte que debe juzgar sus actos. Un castigo de cinco años sin poder solicitar una visa para entrar a Estados Unidos. Regresar a la celda. Ver el sol sólo una vez en ocho días. Leer la biblia. Rezar. Pensar en sus padres. En el hombre de olor a tabaco. En el rechazo de cada mina. Pensar en su carrera como un desperdicio de tiempo y de dinero. Llora, llora mucho, muchas horas y muchas lágrimas. Piensa, dentro de todo el caos, al menos no estoy muerta. Y eso ya es algo. No mucho, quizá. Pero algo. Come poco, duerme mucho y recuerda demasiado. La combinación perfecta para el tormento la pone en estado de pánico. Sale de la cárcel. Va a Migración. Los oficiales la maltratan y la dejan en un cuarto junto a otros migrantes con el aire acondicionado prendido y sin cobijas, toda la noche, otra terrible noche. Cuando pisa México se siente aliviada, un poco, un poco aliviada y un poco a salvo. Le dan un documento que vale mil quinientos pesos en transporte para que viaje a Zacatecas. Le ofrecen comida y ayuda para que recupere su celular; se lo quedaron los agentes de la Patrulla Fronteriza. Y hay que decirlo, por qué no, dentro de toda la cadena de eventos desafortunados pudo ser aún peor. Con el recorte de la Federación al Fondo de Atención a Migrantes ya no hay dinero para absorber el gasto del viaje de regreso a casa. Ahora ¿quién sabe?, ¿quién sabe cómo regresarán a casa?, no importa, no hay fondo, que ellos vean, que se les acumule otra angustia al llegar a su país. El director de Derechos Humanos del Municipio busca acuerdos con los estados de origen para que paguen el traslado, pero no puede con todos, se han unido seis, seis de 32. Pero ella sí alcanzó, tiene su hoja de transporte en la mano. Se sienta un momento frente a mí. Me cuenta lo que le pasó. “Quiero contarlo para que, si lo lee alguien que está pensando en ir, sepa cómo lo van a tratar. Nunca me habían tratado así”, a ratos llora pero quiere seguir hablando. Una cosa pide, sólo una, que no mencione su nombre. El trato es tal que siente vergüenza por algo que ella no hizo. Le da vergüenza que alguien sepa que no le dieron trabajo por ser mujer y que cuando se lo dieron un hombre quiso aprovecharse de su situación económica. Le da vergüenza que un hombre la engañó y robó sus 500 dólares. Le da vergüenza que la vistieron de anaranjado, la encadenaron, encerraron y maltrataron. Le da vergüenza que se quedaron con su teléfono. Le da vergüenza, pues, todo lo que le hicieron y que ella no hizo. Por eso es la mujer, así, sin nombre. La mujer de apenas 23 años expulsada primero por México y después por Estados Unidos.

Este texto es publicado con el apoyo de Derechos Humanos Integrales en Acción (DHIA).