Un hogar en el desierto: Francis viajó desde Venezuela para buscar una vida mejor

Francis llegó de Venezuela hace cuatro años, en busca de una vida mejor; hoy es copropietaria de un restaurante.

Autor: Miguel Silerio | Edición de Video: Favia Lucero | 22 de noviembre de 2018

Ciudad Juárez, Chihuahua.— Entre las añoranzas de su origen, las hallacas ocupan un lugar especial. La preparación en familia de este platillo típico de Venezuela es el símil de los tamales mexicanos. También el verdor de su ciudad natal y la playa a 45 minutos en automóvil son pensamientos recurrentes.

Francis Herrera Hernández tiene 28 años, cuatro de ellos viviendo en Ciudad Juárez, y es originaria del municipio de San Diego, en la ciudad de Valencia, Venezuela. Llegó en busca de una vida mejor. Llegó sin la intención de quedarse, pero se quedó. 

Desde hace un año y medio es copropietaria de un restaurante de comida venezolana ubicado en el bulevar Tomás Fernández. Ella y su socia, también de origen venezolano, son la fuente de empleo de cuatro personas, entre ellas una mexicana. 

“La problemática mayor, para nadie es un secreto, es el gobierno. Hay personas que te podrán decir ‘estamos bien’, pero con solo ver las noticias basta y sobra. Inclusive ahí se quedan cortos con la situación: en Venezuela hay hambruna, en Venezuela no consigues medicina, en Venezuela se muere la gente nada más por una gripe. Los niños cuando nacen los tienen en cajas de cartón porque no hay para meterlos en las incubadoras; no hay medicamentos, no hay vestir, no hay dinero. La pobreza se ve en la gente”, dice Francis, sentada en una de las mesas de su restaurante. 

Enfundada en una filipina de chef guinda que en el cuello lleva una pequeña bandera venezolana, relata el inicio de un periplo que comenzó en su infancia, cuando soñaba con vivir por gusto en Canadá, y continuó con la oportunidad de llegar a México por la necesidad de dejar un país que no le presentaba las oportunidades que ella requería. 

El plan de Francis contemplaba una estadía temporal en esta frontera: seis meses para juntar dinero, y luego ir a Panamá, donde se reuniría con su familia. Pero las cosas no salieron según lo previsto. Las restricciones migratorias del país Centroamericano la invitaron a volver. Aquí, de regreso, conoció a quien ahora es su socia y se abrió la puerta de la estabilidad. 

“Entrar a Mexico no es nada fácil para el venezolano. No sé si también para los demás países, pero por lo menos para venezolanos la migración está bastante estricta. De hecho a mí me regresaron una vez a Venezuela”, relata. 

Francis es licenciada en educación. En Venezuela daba clases, pero no era suficiente para tener una calidad de vida digna. 

“Cuando tienes una carrera y ves que no puedes tener una casa propia, sino sólo la casa de tus papás, ni el matrimonio que tú esperas, ni puedes brindarle a tus hijos lo que tú quisieras, no puedes tener un buen sueldo, ni las cosas que quieres, es frustrante”. 

Francis sabe cómo se siente dejar la casa familiar para buscar mejor fortuna. Sabe cómo se siente la precariedad, la frustración. Por eso se ve reflejada en otras migraciones. Las caravanas y las personas que solicitan asilo en los puentes internacionales, son una reminiscencia de su búsqueda. 

“Somos millones los que hemos salido y siguen saliendo del país. Me veo reflejada con el problema de los migrantes de Honduras. Si les podemos tender la mano ¿por qué no?”, dice sonriente. “Podemos dejar una huellita en cada una de esas personas. Y si a mi me recibieron bien acá, ¿por qué no ayudarlos a ellos también?”. 

De Juárez lo que más le gusta es la gente. La ciudad, chaparra, deslucida, no es la urbe que ella imaginaba cuando tomó la oportunidad de migrar, pero aquí se siente cómoda. A pesar de su fama trágica, dice que este es su lugar. 

Francis no investigó las formas de Juárez antes de llegar. Sabía que conocer un poco más del desierto al que viajaría, podría ser el freno. Su madre sí lo hizo y descubrió a una ciudad que apenas unos años antes había sido catalogada como la más violenta del mundo. 

“Fue mi mamá la que, cuando yo le dije que me venía para acá, se puso a investigar. Te podrás imaginar que puso el grito en el cielo con las noticias que sacó del internet. Yo trataba de no buscar porque iba a ser como un freno, y lo que quería era salirme de Venezuela”. 

Aunque se dice contenta con la forma en que la ha tratado la frontera, no todo ha sido bueno. El primer año que vivió en Juárez la sorprendió la inclemencia del frío. Acostumbrada a una temperatura tropical, al año siguiente vio nevar. 

Además, al manejar las redes sociales de “¡Qué Chévere!”, su restaurante, ha sido objeto de comentarios dolientes encausados por su lugar de origen.

“A veces hacen comentarios fuera de lugar, y yo prefiero quedarme callada porque este es mi trabajo. Hacen comentarios como ‘¿y hay comida en ese restaurante? porque tengo entendido que en Venezuela no hay’. Tienen un humor negro que obviamente para uno deja de ser gracioso. No es un chiste porque, por más que sea así, uno está afuera del país pero tu familia está adentro”. 

Como la gran mayoría de la población juarense, Francis es un ejemplo de migración exitoso. De quien busca una vida mejor, y la encuentra, pero no sin antes padecer las vicisitudes de la distancia y el desarraigo. De estar lejos del lugar que una vez significó origen y destino. Hoy, con una sonrisa que alcanza casi a cerrarle los ojos, la venezolana cuenta la historia del día que llegó a su hogar, en el desierto donde convergen México y Estados Unidos. 

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Parte del especial ‘Ciudad de Migrantes’