‘No hay que esperar nada sentados, hay que migrar’

Nidia, con los pies motivados por impulsos, salió de su natal Honduras, encontró un desierto duro y un sueño roto que, sin embargo, transformó en proyecto y esperanza

Autor: Marco A. López | Edición de Video: Favia Lucero | 22 de noviembre de 2018

Ciudad Juárez, Chihuahua.— Nidia conoció muy temprano el olor a pan recién horneado. Nació en la casa de una panadera empeñada en contribuir con los gastos de la casa. Desde que empezó a ir al colegio aprendió a trabajar. Cada tarde, saliendo de la escuela, tenía la obligación de volver a casa para tomar una canasta grande de pan y venderlo.

Quizá fue poco —las porciones se vuelven sumamente subjetivas y abstractas dependiendo la experiencia de quien las piensa—, quizá no, pero, al menos en la memoria, la imagen de la niña que llegaba del colegio a vender pan y después a ayudar al padre, fotógrafo del pueblo, a plasmar momentos impresos en un papel, vista a la distancia de tiempo y espacio, no tuvo hambre, o si la tuvo, no lo recuerda.

Además de la particularidad del olor a pan impregnado en su infancia, hubo otros eventos que, de no ser por lo rutinario y predecibles para los pobladores, vistos por ejemplo desde este desierto, no tendrían espacio para la lógica y se instalarían perfectamente en un mundo mágico de ficción y fantasía. 

Nidia recuerda las veces que vio cómo en su pueblo, al menos una vez cada año, una lluvia torrencial y pesada dejaba caer peces, pequeños y grises, todavía vivos, que quedaban brincando en charcos de donde los niños los tomaban y llevaban para cocinar en casa.

Nidia nació en el Departamento de Yoro, en Honduras. La niña que olía pan recién horneado todos los días, la que aprendía cómo usar una cámara, la que veía llover peces como se ve salir el sol, como se le ve meterse, está lejos ahora, no sólo en el tiempo sino en la distancia. 

Está sentada en una silla frente a un escritorio café, en una pequeña oficina de Ciudad Juárez, en la frontera norte de México. Los eventos que han marcado la vida de Nidia no son los de la niña del pueblo, no huelen a pan recién horneado ni a campo ni a peces pequeños que brincan en charcos. La niña le queda lejos. Nidia tiene 43 años y no puede volver a casa. Los eventos que la han marcado no son pasivos como ausencias: a Nidia la marcó el hambre, el frío, los golpes, los gritos como método de convivencia, una especie de esclavitud y el nivel de pobreza con que se puede catalogar a un indigente.

A Nidia Yolanda Tejeda Mejía, madre de tres hijos, hondureña de nacimiento, delgada y blanca, con un rostro ovalado que rechaza el maquillaje y acepta una sonrisa amplia que muestra incluso si tiene ganas de llorar, la marcó Ciudad Juárez, un hombre con complejo de boxeador solo con ella, este desierto, con el que todavía le alcanza el optimismo para sentirse agradecida. 

De Honduras le queda un acento centroamericano, el recuerdo de la niña del campo, sus hijos, las noticias que ve cada día, una familia lejana, la blusa negra que trae puesta con el contorno de su país y los colores de su bandera, las ganas de, quizá algún día, volver, y una sonrisa inquebrantable.

Una tarde Nidia caminaba por un parque ofreciendo fotografías. Un grupo de hombres le compró una y le pidió que los acompañara al festejo por el cumpleaños de uno de ellos, que fuera su fotógrafa un momento.

Los hombres viajaron desde Ciudad Juárez y estaban ahí por trabajo. Las razones para migrar son variadas: la de Nidia entraría en el catálogo de los apasionados, de las personas dominadas por sus emociones, las que piensan las cosas cuando ya las hicieron, las de pies motivados por impulsos. 

“Es que me enamoré de una manera tan pendeja”, dice Nidia como si lo hubiera analizado bastante, pero muy tarde.

Aún así se lanzó como el trapecista que tiene un arnés y un cable de seguridad. Visitó tres veces Ciudad Juárez como turista. Al cuarto viaje quitó el arnés y el cable. Vino con sus hijos para vivir con él y experimentó una estrepitosa caída que no había visto a pesar de que estaba ahí, discretamente anunciada desde el día en que él le compró los boletos de avión sin consultarla. Desde que no le importó que Nidia fuera aceptada en una obra que se presentaría en el Teatro Nacional de San Pedro. Ni el trabajo de fotografía pendiente con una agencia de modelaje. 

Nidia hizo maletas, tomó a sus hijos y se lanzó al vacío.

Detallar los abusos resulta innecesario o morboso. Escribir sobre puñetazos, patadas y malos tratos sería injusto porque a pesar de ser marca, no es destino. Una página sin pausa que Nidia dejó atrás.

Basta decir, sobre esto, que Nidia no se lo desea a nadie. Que conoció el odio y el hambre. Que no alcanzó a entender razones ni orígenes de esa conducta. Que abrir el refrigerador para alimentar a los hijos podía ser la mayor afrenta. Que tuvo una hija a la que le dolió amamantar porque no generaba leche. Que fue un saco de box, una sirvienta y una satisfacción sexual. Después una madre cuyo embarazo fue durísimo. Y luego una mujer atrapada en una ciudad ajena. No puede sacar a su hija de aquí, una cuestión de trámites legales y disputas con el padre de la niña.

Nidia salió a buscar trabajo una y otra vez. Una y otra vez fue rechazada por ser de Honduras. Se volvió rutina salir de hombros caídos y ojos llorosos de un lugar e intentar en otro. Llegó a pensar que quizá la mejor opción para sus hijos era que ella muriera. Tal vez alguien, el papá de la niña menor, el DIF, alguien los alimentaría al menos. 

Lanzarse a una avenida frente a un camión le parecía una imagen posible, un plan sostenible y congruente. Una muerte por atropellamiento que llevara comida a la boca de sus hijos.

Ahora, a cuatro años de distancia, Nidia sonríe y dice “bueno, creerás que no pasaron autos pesados cuando lo estaba pensando”.

En una de sus caminatas pasó frente a la Universidad Autónoma de Chihuahua, el letrero de Facultad de Ciencias Políticas pareció llamarle. Quizá tenía severos problemas para alimentar y alimentarse pero entró de cualquier forma a pedir informes. Alrededor de seis mil pesos para entrar a primer semestre. Nidia pensó, sin que el contexto lo impidiera, “un día voy a estudiar aquí”. 

Ahora Nidia va en el quinto semestre de la licenciatura en Relaciones Internacionales. Lleva promedio de nueve. Entendió que no la emplearían en la maquiladora y buscó limpiar casas. 

Cuando se le pregunta qué piensa de la caravana de centroamericanos dice que le causa tristeza su país, ver a toda esa gente huir, “y ni modo, no hay que esperar nada sentados, hay que salirse del país, hay que migrar, a buscar mejores oportunidades”. Resuelve rápido la ecuación para dar vuelta a la página.

“Sí, claro que sí me siento y estoy mejor. Fíjate que yo nunca pensé que esa situación iba a estar así para siempre. Yo decía, yo voy a salir adelante, yo voy a entrar a la universidad, yo voy a estudiar, yo voy a encontrar un mejor trabajo. Para educar a mis hijos, para que coman mejor. Y sí, claro que sí estoy mejor, mi hija pues ya creció. Ha sido un camino para arriba”.

“Para adelante, para adelante, a mi país no me puedo regresar. No puede ser que yo esté atrapada aquí, porque estoy atrapada. De mi parte yo estuviera en mi país. Aunque la situación está como está”.

“Yo creo que de verdad no le cambiaría porque uno se da cuenta de lo fuerte que es, tengo todas estas feas experiencias pero han sido para demostrarme que sí se puede, sí se puede salir adelante, cierto que con dificultad y todo pero, óyeme, sí se puede”, dice Nidia con una sonrisa más relajada, más suelta, más alejada del llanto.

Comparte esta historia en tus redes sociales

Parte del especial ‘Ciudad de Migrantes’